POR QUE YA NO ESTAS
CON MAMA
Papi, ¿por qué ya no estás con mami?
La pregunta de su hija cayó como un balde de agua helada directo al corazón.
No había reclamo, no había enojo... solo esa dulzura brutal con la que los niños son capaces de abrir heridas que uno creía cerradas.
Él respiró hondo.
—Tu mami siempre va a ser importante para mí.
Me dio el mejor regalo del mundo: tú.
Ella lo miró con esos ojos llenos de verdad.
—¿Entonces por qué no estás con nosotras?
Y ahí, en ese instante, las palabras empezaron a pesar.
¿Cómo explicarle que el amor no siempre alcanza? Que las discusiones, la rutina, las deudas y los silencios a veces hacen más ruido que los "te amo".
Recordó el inicio: los dos tomados de la mano, soñando juntos, creyendo que podían contra el mundo.
Recordó cuando Dios les envió lo más hermoso que podían tener: esa pequeña que ahora lo miraba con el alma en las manos.
Recordó los días felices... y cómo, sin darse cuenta, dejaron de caminar al mismo paso.
Las manos que antes se aferraban con fuerza empezaron a soltarse, no por falta de amor, sino por cansancio, por heridas sin sanar, por palabras que nunca se dijeron y otras que nunca debieron decirse.
Hasta que un día, ya no caminaban juntos.
—¿Tú me sigues queriendo, papi? —preguntó ella, con esa mezcla de esperanza y miedo que rompe cualquier corazón.
—Más que a nada en el mundo, mi princesa - respondió él, con la voz rota—. Lloro porque no estoy para abrazarte cuando tienes miedo.
Porque no vi cuando se te cayó tu primer diente, ni cuando aprendiste a leer, ni cuando te enfermaste. Lloro porque extraño verte dormir y porque este corazón no entiende de distancias.
Ella, con la sabiduría que solo un hijo puede tener, sonrió y le dijo:
—Mami dice que eres el mejor papá del mundo... y yo también lo creo. No estés triste, papi.
Él no pudo contener las lágrimas. La abrazó fuerte, como si quisiera memorizar cada segundo.
—Ojalá pudiera retroceder el tiempo y darte otra historia. Pero te prometo que, aunque no sea el mejor papá, voy a ser siempre tu mejor amigo. El que nunca te suelte. El que siempre esté, aunque no estemos en la misma casa.
—Te quiero mucho, papi. ¡No llores! —dijo ella, mientras se alejaba rumbo a la escuela con su mochila a la espalda.
Él la vio marcharse, sintiendo cómo ese pequeño abrazo invisible lo sostenía... hasta que pudieran reencontrarse de nuevo.
Porque hay amores que no entienden de separaciones, ni de acuerdos, ni de sentencias.
Y el de un padre por su hija... es para siempre


































































































