Él tenía un hogar. Tenía una mujer que lo amaba. Tenía la calma, la ternura, la certeza. Pero prefirió el orgullo. Prefirió el silencio. Prefirió los juegos, las excusas, las salidas sin regreso.
No fue ella la que rompió las ventanas, fue él con su indiferencia. No fue ella la que dañó los cimientos, fue él con sus mentiras. No fue ella la que se fue… fue él, aunque aún durmiera en la misma cama.
Y lo peor no es que se fue. Lo peor… es que destruyó todo antes de irse.
Porque hay hombres así: Que en vez de reparar… rompen. Que en vez de luchar… se rinden. Que en vez de hablar… callan.







































































