Mi otoño bajo la luna
Mi otoño a la luz de la luna no es una despedida…
es una conversación íntima conmigo misma.
Es ese momento en que la casa ya guarda silencio, el café se enfría despacio sobre la mesa y la luna entra sin pedir permiso por la ventana, como una vieja amiga que sabe mis secretos. Es ahí donde me siento —sin corona, sin espada, sin medallas— a repasar mi historia. No como mártir. No como súper mujer. Solo como una mujer que ha vivido.
La vida…
la vida ha sido una escalera interminable.
Una de esas de madera vieja, con peldaños crujientes. Algunos los subí ligera, con el vestido levantado por el viento y la risa escapándoseme por los hombros. Diez, quince escalones de un tirón, con esa sonrisa descarada que no se puede disimular cuando el alma está en fiesta. Había días en que todo parecía alinearse: el amor, los hijos, los sueños, el pan recién hecho, el perfume de la lluvia. Subía sin mirar abajo.
Pero también hubo peldaños que sangraban.
Escalones ásperos que raspaban los pies y las rodillas. Escalones que parecían hechos de piedra afilada, donde cada intento por subir uno más me dejaba sin aliento. Hubo momentos en que pensé que no podría. Que no tenía fuerzas. Y sin embargo… las tuve.
¿De dónde salen esas fuerzas?
¿Quién nos las pone en el bolsillo sin avisarnos?
A veces creo que la vida es como esos jueguitos que jugaban nuestros hijos, donde te daban “vidas extra” por pasar un nivel. Una cae, se rompe un poco, llora… y de pronto, sin saber cómo, aparece una vida más. Y otra. Y otra. Hasta que un día descubres que eres más fuerte de lo que jamás imaginaste.
La luna en otoño tiene una luz distinta. Es más clara, más compasiva. Parece entender que ya no tengo prisa. Me cubre con su resplandor plateado y me recuerda que el ocaso no es un castigo, es un ritmo natural. Como las hojas que caen sin escándalo. Como el viento que sopla sin pedir permiso.
El otoño no es el fin de la historia.
Es la parte donde todo cobra sentido.
Es cuando una deja de correr y empieza a contemplar. Cuando el corazón ya no necesita demostrar nada. Cuando el amor propio no es discurso, es certeza. Cuando la fuerza ya no es grito… es presencia.
Si este es mi atardecer, quiero saborearlo.
Quiero sentir el aire fresco rozando mis mejillas. Quiero escuchar el crujir de cada hoja como si fuera un aplauso suave a lo vivido. Quiero oler el café, la tierra, la madera. Quiero que cada color me atraviese como una caricia tibia.
Porque si algo me enseñó esta escalera infinita es que cada peldaño, incluso el que sangró, me trajo hasta aquí.
Y aquí, bajo la luna, en este otoño dorado, no estoy esperando el final.
Estoy celebrando el camino.
☕️🍂🪻
Reflecting on the nuanced metaphor of climbing an endless wooden staircase resonates deeply with many of us, especially during the introspective season of autumn. From my experience, those moments—when we sit quietly in the stillness of an evening, with a cup of coffee growing cold and the gentle light of the moon casting a silver glow—offer an invaluable opportunity for self-dialogue and acceptance. The analogy of life as an endless staircase highlights the contrast between the days of effortless joy and energy and those of challenge and exhaustion. I have often found myself exhilarated during certain phases, feeling as if everything aligned perfectly—relationships blossomed, dreams seemed within reach, and the simple pleasures of everyday life created a symphony of happiness. Yet, there were also periods marked by hardship, where every step felt painful and uncertain. This personal journey is much like the "extra lives" concept mentioned, where resilience appears unexpectedly. It’s a reminder of an innate strength that emerges when we need it most, often without conscious awareness. The compassionate light of autumn’s moon offers a metaphorical embrace during these times, teaching us that transitions in life are natural rhythms rather than punishments or failures. In embracing the autumnal phase of life, there's a shift from striving and proving oneself to simply being present and appreciating the journey. The act of savoring small experiences—the sound of leaves crunching beneath our feet, the aroma of freshly brewed coffee, the sensation of a cool breeze on our skin—becomes a celebration of survival and growth. Such reflections remind me to approach life with gentleness and gratitude, recognizing that every "scuffed" step has contributed to my personal story. In this way, autumn under the moonlight is not an ending, but a meaningful chapter where clarity, self-love, and presence redefine our understanding of strength and fulfillment.
