“Un fariseo invitó a Jesús a comer. Jesús fue a la casa del fariseo y se sentó a la mesa”.
—Lc 11, 37.
La primera vez que leí este Evangelio, pasé por alto este versículo. El fariseo invitó a Jesús a cenar con él. Se dio cuenta, incluso en su desamparo, de que Jesús era alguien a quien necesitaba invitar a su vida.
Pero entonces, en lugar de estar abierto y reconocer que Jesús mismo está en medio de él, el fariseo se preocupa por las cosas equivocadas. ¿Con qué frecuencia sucede eso en nuestra oración? Antes de que Jesús siquiera tenga la oportunidad de hablar, ahí estoy yo quejándome de esto o aquello. Este Evangelio es un recordatorio de que, a veces, el mayor obstáculo para ver y escuchar a Jesús soy yo misma.
2025/10/16 Edited to

AMEN