La amante de mi esposo quiso devolverlo
Nunca imaginé que un martes cualquiera, en pantuflas de conejito y barriendo el patio, terminaría recibiendo en mi puerta al karma… en tacones.
Timbre desesperado. Dejo la escoba, me limpio las manos en el pantalón de pijama (decorado con aguacates sonrientes, porque claro, una siempre lista para el drama)… y abro la puerta.
Y ahí estaba ella:
Tacones de aguja, vestido entallado, labios de semáforo en rojo, y pestañas que si parpadeaba fuerte, provocaban lluvia.
—¿Tú eres la esposa de Julián? —me suelta con cara de superioridad.
—Depende —le digo— ¿vienes a venderme perfumes, a evangelizarme o a devolverme lo que no te funcionó?
Ella, con cara de villana secundaria, declara:
—Soy Paula. La amante.
Silencio. No por shock, sino porque estaba procesando el nivel de cinismo que se necesita para venir en HD a decir eso.
Le abrí la puerta:
—Pasa. A esta novela ya solo le falta el mate y un comercial de desodorante.
Se sentó como si estuviera en casting para “La Rosa de Guadalupe” y empezó su lamento:
—¡No puedo más! Pensé que era dulce contigo, atento… ¡pero no! Es desordenado, no escucha, se tira pedos en la cama ¡y ronca como si lo poseyera un demonio de la tos!
Yo con mi café frío en la mano:
—Ajá… querías príncipe azul y te llegó el combo de decepción con papas grandes, ¿verdad?
Y entonces, la joya:
—¡Vengo a devolvértelo!
Ahí sí me reí. Me reí como hacía años no me reía.
—¿Tú crees que esto es Amazon? ¿Que puedes devolver al marido defectuoso porque no cumple lo prometido? ¡Querida, ni con garantía extendida me lo vuelvo a quedar!
Ella ya con ojos llorosos, voz temblorosa:
—Pero… ¿qué hago con él?
—No sé, flaca. Dónalo, recíclalo, véndelo por kilo como chatarra sentimental. Yo ya lo saqué de mi vida, le hice limpia con ruda y me reconstruí. A mí no me lo regreses.
Y entonces lo entendí:
La amante de mi esposo no solo me lo había quitado…
¡Ahora me lo quería regresar como quien devuelve un mueble roto al súper!
La acompañé a la puerta, la abrí bien grande, y con la mejor sonrisa que he tenido en meses:
—Aquí no se aceptan devoluciones, ni cambios, ni reclamos. Suerte, reina. Y qué bien te ves para cargar con semejante error. ¡Ánimo!
Volví al patio. A mis pantuflas. A mi escoba.
A recoger pedazos de dignidad…
que, a diferencia de Julián, sí valían la pena rescatar.

































































